Las torres Petronas de Kuala LumpurDurante la mayor parte su existencia, la humanidad ha sido una criatura incapaz de volar, cuyo único contacto con el cielo era pensar en él o soñar que era capaz de surcar la bóveda celeste. El día que conquistamos las nubes, nos convertimos en una especie más multidimensional. Esta presencia en los cielos comenzó con los hermanos Montgolfier y se completó con los hermanos Wright. Desde entonces, y en más de una manera, hemos hecho del cielo nuestro nuevo hogar, ya que no sólo surcamos las nubes para atravesar continentes y saltar los océanos a gran velocidad, también vivimos, trabajamos y existimos en el aire enrarecido de las grandes alturas.

Todo esto le da al hombre moderno una perspectiva diferente que le distingue de todos sus antepasados. Podemos bajar la mirada hacia el mundo que una vez nos confinó y, de hecho, nos definió, y maravillarnos con lo minúsculos que alguna vez fue nuestro hábitat y que todavía somos. Siempre nos viene a la mente la comparación con las hormigas, pese a la mayor similitud que guardamos con las abejas obreras, siempre atareadas zumbando en pleno vuelo. Ahora podemos mirar fijamente al otro lado de las bahías, de las cordilleras y las ciudades, y tener como nuevos vecinos a los pájaros y demás criaturas hijas del viento. Estando nosotros mismos al otro lado del cristal puede que ahora sea la humanidad la que está atrapada dentro de la pecera, sin embargo, ni esto ni el entorno de novela alienígena que hemos creado para nosotros mismos consigue frustrar el intenso entusiasmo generado por el exponente de poder y suntuosidad más codiciado: el rascacielos.

UNA IMPONENTE AMBICIÓN

El Burj Khalifa de DubáiAunque hay muchos templos, palacios, campanarios, minaretes e incluso bloques de apartamentos clásicos que me contradicen, durante la mayor parte de nuestra historia, la humanidad ha vivido pegada al suelo. No sería exagerado, pues, sugerir que se trata de nuestro hábitat natural pero como buena y pequeña criatura emprendedora que es, el hombre siempre ha anhelado alcanzar el cielo de una forma u otra y cuando el primer rascacielos como tal vio la luz en 1885 ya había diseñado docenas de prototipos durante el camino. El primer rascacielos oficial, el Home Insurance Building, con sólo diez pisos de altura supuso el prólogo de la explosión de las agujas verticales que se alzan orgullosas desde la tierra.

Con la ayuda de inventos como el ascensor moderno y las eficientes construcciones de armazón de acero, el cielo se convirtió, literalmente, en el límite y el rascacielos, en el símbolo imperecedero del capitalismo americano, del dinamismo, el ingenio, el progreso y la prosperidad. Incluso hoy, cuando muchos los miman, ocurre algo similar al “Síndrome de Manhattan” ya que se les considera, como sugiere Freud, un anhelo del pene pero a una escala gigante. Puede que no sorprenda saber que estas estructuras han sido, de hecho, comparadas con símbolos fálicos como visibles instrumentos del poder que están subconscientemente diseñados para impresionar, imponer e intimidar.

Una vez dominó los EE UU, el rascacielos arrasó por todo el mundo y se convirtió más que nunca en un símbolo nacional – o personal – de poder y orgullo. A pesar de que su verdadero hogar espiritual es Chicago estas cajas verticales se suelen asociar con el Manhattan de Nueva York, y esa debería ser la imagen que los conquistadores del mundo deberían tener en sus mentes si pretenden levantar otra mega torre. Al tratarse del edificio más común de las últimas dos décadas, tan sólo los primeros rascacielos americanos pudieron sustentar el título de edificio más alto del mundo durante varias décadas seguidas, ya que la actual “Carrera de los cielos” supone que se corone uno nuevo cada pocos años.

Vista desde el Burj Khalifa en Dubái¿QUIÉN CONSTRUYE UN RASCACIELOS?

Un detalle muy interesante sobre los rascacielos de hoy en día es que la mayoría no se levantan en las ciudades más “verticales” de Estados Unidos, Australia, Brasil, Canadá, Japón o Argentina sino que lo hacen en lugares como Mumbai, Shanghái, Bangkok, Caracas, Bogotá, Panamá, Dubái, Manila e, incluso, en Lagos – lugares con una gran escasez de viviendas y mucha pobreza. Así que ¿se están utilizando las torres como una manera eficiente de solucionar problemas como la falta de viviendas, la superpoblación y los suburbios como propuso Le Corbusier?

Realmente no. Para nada, de hecho. La posguerra europea se aventuró con las viviendas sociales de gran altura lo que no resultó un experimento muy exitoso ya que dio lugar a las deprimentes propiedades “modernas” de Peckham (Londres), Bijlmermeer (Amsterdam) y las afueras de los alrededores de París. Lo que parecía bueno en teoría no funcionó en la práctica y aunque ayudó a limpiar los antiguos suburbios de las ciudades no tuvo ningún sentido de cohesión, se perdió la unión entre estas comunidades y se reemplazó por una jungla urbana completada por bandas, vandalismo y descontento social.

Lejos de ser una solución eficiente de proporcionar viviendas a las masas, la superestructura es realmente un tipo de inmueble que armoniza mejor con los apartamentos de lujo, los hoteles de las ciudades y las oficinas centrales corporativas. No es una coincidencia que estas torres de cristal y acero se hayan transformado en templos comerciales que han creado las reputaciones de arquitectos como Ludwig Mies van der Rohe a Norman Foster. Algunos, como Oscar Niemeyer y Richard Rodgers, han propuesto alternativas al rascacielos, pero el formato preferente en todo el mundo es sencillamente acristalado, cilíndrico y alto, muy alto.

El 30 St Mary Axe en LondresDe hecho, cuando se trata de un rascacielos, el tamaño definitivamente importa, y con Taipéi, Shanghái, Mumbai, Kuala Lumpur y Dubái inmersos en una feroz batalla por la supremacía de los cielos, la altitud parece pesar más que la funcionalidad y el diseño. Los materiales y las técnicas con los que se fabrican los edificios modernos están generando formas cada vez más extravagantes como las adoptadas por arquitectos como Zaha Hadid, pero que sólo se introducen en la ecuación final si no se mantienen en el camino de las ambiciones desorbitadas.

En una época que se intenta redefinir a sí misma como postindustrial, el rascacielos recuerda a un producto curiosamente no desfasado de la revolución industrial, a pesar de que es innegable que se trata de un producto moderno y de última tecnología. Las “súper” torres de hoy son mucho más fuertes, flexibles y seguras, sin olvidarnos de la eficiencia energética e incluso la cero emisión de dióxido de carbono. Aún así, mientras se expanden por toda la tierra también representan la fina alineación que existe y no entre el hombre y la naturaleza. A pesar del peligro de convertirse en torres de marfil, los rascacielos continúan alimentando la fascinación moderna que revolotea alrededor de la tecnología, el poder, el glamour y la sofisticación urbana, ya sea diseñados como hoteles urbanos de lujo o como la marca de calidad de las corporaciones globales y los áticos de ensueño que lanzan una ventana abierta al mundo y nos permiten vivir entre las nubes – algo con lo que nuestros ancestros tan sólo podían soñar.

Artículo publicado en la 9ª edición de Villae International Magazine, revista oficial de EREN – The European Real Estate Network. También puede leer la edición impresa online de Villae International Magazine (en inglés).