(Primera parte)

A pesar de contar con apenas 13 años al declararse la Guerra Civil en España, los padres de Santiago Grisolía pensaron que lo mejor era alejarle del peligro y se mudaron a Cuenca, donde su padre tenía conocidos en el hospital local. Bastante más alto que la mayoría de jóvenes de su edad, Santiago corría el riesgo de ser reclutado para la guerra, así que, en lugar de ir al colegio, se mudó de Valencia a Cuenca para trabajar en el hospital de la ciudad.

José Ribes Bas, Santiago Grisolía y Michel CruzSantiago tuvo que madurar rápidamente, pero, gracias a sus dotes intelectuales y a su fascinación por la química y la medicina, logró adaptarse fácilmente a este nuevo entorno. Su gran capacidad de adaptación y perseverancia, adquiridos a muy temprana edad, se convirtieron en importantes rasgos de su personalidad, los cuales, además, jugaron un papel tan relevante como su cualidad profesional a lo largo de su considerable trayectoria académica y como investigador científico.

Un comienzo prematuro

Debido a su juventud, a Santiago le dieron primero tomos de química y medicina para que los estudiara antes de poder convertirse en un empleado más del equipo del hospital de Cuenca. Sin tener una formación académica oficial y siendo todavía un adolescente, hacía las veces de anestesista. En un país que se había convertido en zona de guerra, el joven Santiago tuvo que crecerse ante la situación, asumiendo grandes responsabilidades y ganándose el respeto de profesionales ya establecidos.  “Por dentro seguía siendo un niño,” recuerda Santiago, actualmente un renombrado profesional de la investigación. “Me atraía el respeto que se les brindaba a los médicos y pensaba que las batas blancas nos daban una apariencia seria y elegante. Además me fascinaba mi trabajo. Por ello fue que, a partir de ahí, tuve claro que quería convertirme en médico.”

A la edad de los 18 años Santiago seguía sintiendo predilección por los uniformes blancos. En esta época ya había acabado la guerra y se le ocurrió la idea de enrolarse en la marina. “Los uniformes dan una apariencia aún más elegante que las batas de los doctores pero, por suerte, mis padres lograron convencerme de que primero estudiase la carrera de medicina para luego ver si quería convertirme en un médico de la marina.” Durante esta época su familia seguía viviendo en Cuenca y Santiago empezó primero estudiando en la universidad de Madrid para luego cambiarse a la de Valencia cuando a su padre, que trabajaba en un banco, le volvieron a trasladar a su ciudad natal. Acabó la carrera a la temprana edad de 21 años y fue entonces cuando conoció a José García Blanca, conocido científico que había trabajado junto con el famoso Tannhauser en Alemania. García Blanca se convertiría en una importante figura para el futuro de Santiago, siendo su tutor en química y quien le ayudó a perfeccionar los métodos de investigación mientras trabajaba como residente en la Universidad de Valencia.

“Participé en diversos estudios y también publiqué varios artículos. El sistema de becas para investigar en España se encontraba en sus comienzos y las posibilidades eran muy limitadas. El mejor método para completar y mejorar la formación era encontrando un puesto en el extranjero. Eso precisamente fue lo que me aconsejó hacer el profesor García Blanca.” La oportunidad surgió poco después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Marqués de Aillon, alto funcionario del ministerio de información, organizó una beca en Nueva York para investigadores españoles. “Fui seleccionado a formar parte de un reducido grupo de elegidos. Estuvimos acompañados por el Padre Sobrino, quien se convertiría en nuestro tutor, asegurándose de que no hiciéramos el ridículo y nos comportáramos como buenos embajadores de nuestro país.”

Lea la segunda parte de esta entrevista aquí.